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Mensaje por charly Bertoni Jue 11 Jun 2015, 11:21 am

Vías y medios de comunicación en el Estado de México
1880 * 1930
Los arrieros en el Estado de México

En la Nueva España, la arriería surgió después de que los peninsulares introdujeron las mulas para usarlas como tracción para los trabajos pesados y como medio de transporte para personas y objetos, lo que revistió gran importancia para el comercio novohispano ya que muchas poblaciones, tanto de las costas como de la meseta central y del norte de la Colonia pudieron comunicarse y con ello conseguir noticias y productos de lugares diferentes.

La arriería fue una actividad a la que se dedicó un sector de la población del Estado de México. Hubo pueblos como Mexicaltzingo, Capulhuac, San Luis Mextepec, Santa Cruz Cuauhtenco y Acambay que vivían de transportar mercancías desde el Valle de Toluca hasta poblaciones de la costa del Pacífico y del Bajío. En Toluca hubo una cofradía del Señor de Esquipulas, integrada por arrieros, que todos los años viajaba a la población guatemalteca de ese nombre muy cercana a Honduras.

Los arrieros aprendían el oficio a través de sus padres y después lo heredaban a sus descendientes. Fueron personas que nunca pisaron una aula, sin embargo, poseían una habilidad envidiable para hacer las operaciones aritméticas que sus transacciones mercantiles requerían; eran malhablados, enamorados, supersticiosos y valientes. En los viajes tenían que sortear muchos obstáculos, entre otros: los climas extremosos, las fieras, los bandoleros que asolaban los caminos y, por si fuera poco, también a los encargados del fisco. Cuando los arrieros llegaban a la Ciudad de México, con todo y sus recuas se dirigían a la Plaza de Santo Domingo para que los inspectores fiscales fijaran el impuesto respectivo de todas las cargas que entraban o salían de la capital; si el susodicho era un novato, fácilmente era presa de la voracidad de los inspectores fiscales; en el caso contrario, tenían sus mañas para evitar el pago de algunos impuestos.

Otro lugar a donde acudían los arrieros era el viejo edificio de la Aduana, actualmente Tesorería del Distrito Federal. Aquí, al igual que en Santo Domingo, era común ver la aglomeración de clientes en busca de productos y mercancías de otras regiones; los cargadores bajaban y subían las mercancías de las mulas; otros, los "sabaneros", alimentaban a las bestias y, los "atajadores" eran los compañeros de los arrieros que siempre caminaban a los lados de la recua y además se encargaban de preparar o recalentar el itacate.

La vestimenta de los arrieros del Estado de México era muy semejante a la de otras regiones; sombrero de fieltro o paja con ala ancha y copa baja, zapatos de una pieza hechos de vaqueta, pantaloneras de gamuza o fieltro con abertura hasta la mitad de la pierna dejando asomar el calzón de manta blanca, poncho de lana, paliacate multicolor, "víbora" al cinto (cinturón de cuero con compartimento oculto para las monedas) y collera de piel que les cruzaba el pecho y de la que colgaban campanas y cascabeles de agradable sonido.

Antes de salir a un viaje, con varios días de anticipación, los arrieros disponían el número de mulas que iban a llevar, las descansaban y alimentaban bien. Sabiendo lo anterior, mucha gente del pueblo, ya fueran los compadres, los vecinos, las esposas, las jóvenes mozas o el señor cura, se apresuraban a pedir sus encargos, ya que para todos había gustos y posibilidades, desde la humilde indígena que se conformaba con sus yerbas de los lejanos montes para la cocina o para remedio, hasta los ricos hacendados que encargaban buenos vinos y tabacos y, las refinadas amas de casa que solicitaban platos y tibores de porcelana que llegaban a Acapulco traídos por las naos de China y Filipinas.

Cuando por fin había llegado el día de la salida, antes de que rayara el alba, los arrieros emprendían el viaje con sus mulas cargadas, otras veces sin llevar algo, ya que iban en busca del trueque o de la compra, pero lo que sí era seguro es que nunca regresaban con las manos vacías. Al pasar por el templo se persignaban por última vez y al poco rato de abandonar el pueblo se perdían en la oscuridad de la madrugada.

En el trayecto, los pintorescos personajes dormían donde les agarrara la noche, cuando bien les iba en algún mesón y otras ocasiones lo hacían a la intemperie, a la sombra de los árboles, donde al calor de una fogata consumían su frugal cena a base de tortillas de maíz, chile y sal.

Pasaban los días hasta que los arrieros llegaban al poblado deseado, entraban por la calle principal y se dirigían a los mesones que solían darles posada, para descansar un poco y descargar sus mulas. Posteriormente, iniciaban sus actividades comerciales por medio de la venta, la compra, el trueque o simplemente la entrega de cargas, pero cualquiera que fuera el convenio nunca faltaba el tradicional "regateo"

Si habían llegado a Acapulco, podían adquirir delicadas vajillas de porcelana, ricas joyas chinas, bisutería multiforme de otros países orientales, alfombras finas y otras mercancías exóticas. En el Bajío mercaban los productos de la región, desde derivados lácteos hasta pieles curtidas; en Veracruz conseguían objetos europeos de muy buen gusto; en otros lugares de la provincia adquirían aceite de coco, piloncillo, panela, azúcar, arroz, cacahuate y muchas cosas más.

A pesar del estanco que había sobre el alcohol y el tabaco, su demanda obligaba a los arrieros a convertirse en contrabandistas por los dividendos que obtenían de esos productos; para ello tenían que librar el acoso de los guardias fiscales.

Después de que habían pasado los días suficientes para comerciar en la población visitada volvían a casa. Al pasar de regreso por el templo se santiguaban en señal de agradecimiento por haber llegado con bien. Después era ver el arremolinamiento de personas que esperaban recibir su encargo o únicamente curiosear. Pagadas las mercancías, los arrieros se retiraban a sus hogares para descansar... y para planear nuevos viajes.

Todavía hasta mediados y finales del siglo XIX, los arrieros recorrían los caminos de la provincia mexicana; al pasar los años, con la aparición de las diligencias, comenzó a ser notoria su ausencia hasta que los transportes de combustión (automóviles y ferrocarriles) precipitaron su desaparición. La tradicional Danza de Arrieros que se realiza en algunos municipios como Capulhuac, Ocoyoacac y Santiago Tianguistenco, entre otros, evoca el recuerdo de esos entusiastas comerciantes.

Los huacaleros

Desde la época prehispánica, para diferentes actividades, los indígenas utilizaban huacales o "cacaxtles" para transportar sobre sus espaldas distintos objetos; lo mismo sucedió después de la Conquista, antes de la introducción de las bestias de tiro, ya que el trabajo pesado fue destinado a los indígenas. Desde el periodo colonial hubo humildes comerciantes que a falta de animales para transportar mercancías, recorrían a pie largos y pesados caminos con sus cacaxtles.

En el último tercio del siglo XIX, el ferrocarril hizo su aparición en el Valle de Toluca, sin embargo, esto no significó la desaparición total de los arrieros y los huacaleros, quienes continuaron recorriendo las rutas que no cubría el tren. Varios pueblos del valle como San Luis Mextepec, San Antonio Buenavista, Tlacotepec y Cacalomacán comerciaban con las comunidades mineras de Sultepec, Temascaltepec y Zacualpan a donde los huacaleros llevaban lozas de barro y peltre, artículos de mercería y encargos personales; asimismo, de las tierras del sur del estado traían pan, frutas y verduras de la región. Pero la modernidad llegó a los caminos y hoy día, los oficios de arriero y huacalero forman parte de la historia.

El ferrocarril México–Toluca

De acuerdo al informe del ingeniero inspector J. Ramón de Ibarrola rendido al señor Manuel Fernández, oficial mayor encargado de la Secretaría de Fomento, el 14 de octubre de 1880 se iniciaron las obras para la construcción del ferrocarril México–Toluca.

La empresa encargada de la obra fue la Compañía Constructora Nacional Mexicana, la cual inició las maniobras de terraplén en el paraje Los Boquetes, un lugar entre los valles de México y Toluca.

A pesar de que para noviembre la empresa tenía empleadas a cerca de 2 mil 500 personas había avanzado muy poco y, después de algunos meses, los trabajos se suspendieron primero parcialmente, después indefinidamente, ante la crítica de las autoridades estatales, la prensa y la sociedad en general. En esa época, era gobernador José Zubieta.

Posteriormente, la compañía Sullivan retomó el proyecto y aunque al principio comenzó muy vacilante por la lentitud en el trabajo y por el encarecimiento de la obra, finalmente cumplió su compromiso de hacer llegar un tren a la capital del Estado de México. EI 5 de mayo de 1882, en el marco del XX aniversario de la Batalla de Puebla, cerca de 10 mil personas se apostaron en la estación de Toluca para recibir la llegada del primer ferrocarril que arribó a las 11:30 horas del día. Sobre este acontecimiento, Justo Sierra hizo una crónica:

"Eran las once. El sol caía a plomo sobre nuestras cabezas, sin respetar la reputación de señora fresca, que tiene Toluca. Pero ni el calor, ni el polvo de oro que nos ahogaba prosaicamente, ni la presión ejercida sobre la extensa superficie de nuestro cuerpo por las corrientes humanas que en todas direcciones afluían hacia los vagones, fueron capaces de disgustarnos. Superior a estos menudos contratiempos, era la sensación producida por el aspecto de aquella multitud en que la tonalidad blanca que resultaba de los trajes de nuestras clases populares dominaba, dando a aquel mar humano reflejos acerados".

Ferrocarril Toluca–Tenango y Toluca–San Juan de las Huertas

El 24 de noviembre de 1891, el Congreso de la Unión expidió el decreto por el cual se otorgaba a particulares la concesión para la construcción del ferrocarril Toluca–Tenango, durante un periodo de 99 años y con el compromiso de instalar sus respectivas líneas telefónicas y telegráficas.

De la estación de Santa Clara, en Toluca, en las actuales calles de Hidalgo y Josefa Ortiz, salía el tren hacia Tenango que tocaba las poblaciones intermedias de Metepec y Mexicaltzingo y concluía en Atlatlahuaca; a su vez, de Tenango llegaban a Toluca viajeros procedentes de Ixtapan de la Sal, Zacualpan, Tenancingo y de algunas partes de los estados de Guerrero y Morelos. Este tren que resultó muy benéfico para el transporte de maderas y cereales pretendió llegar hasta Cuernavaca, pasando por Tenancingo y Malinalco; además, tuvo entronque con el ferrocarril México–Toluca. En un principio, este medio de transporte comenzó siendo de tracción animal (tirado por mulas); después usó locomotoras de vapor y, ya casi al final de su existencia tenía en servicio autovías a gasolina de color verde, que los usuarios llamaban "pericos".

Hacia el poniente de Toluca, cerca del Molino de la Unión y de la Alameda, hubo otra estación de ferrocarril que iba a Zinacantepec y San Juan de las Huertas y que fue parte de un proyecto de ampliarlo hasta Zihuatanejo.

Tuvo importancia por considerarse a San Juan de las Huertas "puerto" de entrada a la Tierra Caliente, ya que a esta población llegaban pasajeros provenientes de lugares del sur del estado, como Zacualpan, Sultepec, Temascaltepec y Palmar Chico.

Tanto la estación de Santa Clara como la que estaba al poniente de la ciudad, estuvieron unidas entre sí por los rieles que también usaban los tranvías urbanos.

Los tranvías en la capital mexiquense

Durante la administración del gobernador José Zubieta, el 11 de septiembre de 1882 fue publicado en el diario oficial La Ley, el contrato para la construcción del tendido de rieles para el tranvía en Toluca; dicho convenio se dio entre el gobierno del estado y el señor Agustín del Río. Menos de un mes después, el 2 de octubre comenzaron los trabajos y el 19 de noviembre fue la inauguración de los tramos terminados.

El primer recorrido del tranvía fue de la estación del ferrocarril de la Compañía Constructora Nacional Mexicana hasta el Portal Constitución y, conforme a la demanda del servicio, la red fue ampliándose hacia otros puntos de la ciudad: al norte, hasta el Hospital General, frente a lo que actualmente es la Escuela Normal del Estado; al sur, hasta el templo de San José "El Ranchito" y, al oriente, frente al Panteón General.

Los tranvías eran tirados por mulas y además del servicio para pasajeros, también ofrecía servicio de carga. En 1884, la Compañía de Tranvías ofrecía ocho corridas diarias, cuatro por la mañana, e igual número por la tarde que iban del Portal Constitución a la estación del tren. Los servicios matutinos eran a las 6:40, 8:45, 10:45 y 11:45; mientras que los vespertinos eran a las 2:30, 3:20, 4:25 y 6:30. Los domingos sólo había cinco corridas, tres matutinas y dos vespertinas.

Los tranvías proporcionaron servicio a los tolucences durante los 18 últimos años del siglo pasado y las dos primeras décadas del presente; únicamente competían con las carretelas tiradas por caballos que recolectaban pasaje. En 1928, apareció en Toluca la primera línea de autobuses de transporte público que cubría la ruta Zócalo–Hospital, que en esa época era muy concurrida y que también recorrían los tranvías. Con el paso de los años aumentaron las rutas y los camiones de pasajeros, hasta que reemplazaron a los tranvías de manera definitiva.

Caminos y diligencias

Gracias a la tecnología y a las modernas súper carreteras, actualmente resulta muy fácil y cómodo viajar de Toluca al Distrito Federal y a la inversa. Existen líneas de autobuses que ofrecen corridas cada cinco minutos, y otras que por unos pesos más proporcionan café o refresco. El tiempo de recorrido en promedio es de 45 minutos, sea de ida o de regreso.

En el siglo pasado lo anterior resultaba una verdadera aventura. El camino de Toluca –ya entonces capital de un estado tres veces más grande que el actual– a México era uno de los más transitados por ser lugar de paso para 105 viajeros provenientes de otras poblaciones de la entidad o de otros estados que tenían la necesidad de comerciar o arreglar asuntos en la metrópoli.

Así entonces, por ese camino pasaban los carreteros que llevaban maíz o trigo del Valle de Toluca, los que traían ganado vacuno desde Morelia, los arrieros con sus recuas cargadas de huacales, los vendedores de a pie con loza, huevos o morcillas, en pocas palabras, humildes viajeros y comerciantes.

En cambio, hubo quienes no perteneciendo a este tipo de clase social, podían transportarse a México con mayor comodidad por medio de las diligencias que, para viajar, fueron los vehículos ideales de los provincianos y el recurso predilecto de la gente pudiente.

En una época donde los caminos fueron asolados por bandoleros, en los más cercanos a la Ciudad de México se mantenían fuerzas disciplinadas y regulares para el cuidado de los transeúntes; el de Toluca a México no fue la excepción.

Diariamente había dos diligencias que iban de Toluca a México y dos de México a Toluca. Para realizar un viaje en diligencia de la capital del país o a la provinciana Toluca se solicitaba un coche al que le asignaban hasta siete mulas y en la madrugada los viajeros salían por el camino de Tacubaya. Alrededor de las ocho de la noche llegaban a Lerma, donde pernoctaban y, al día siguiente, se llegaba a Toluca. Para trasladarse a otro sitio en la misma ciudad, los viajeros debían seguir el camino a caballo o a pie.
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