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EL NOPAL DEL MUERTO
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EL NOPAL DEL MUERTO
BUEN DIA COMPAÑEROS DE FORO LES DEJO UNA HISTORIA VERDADERA QUE VIVIO MI FAMILIA
HACE ALGUNOS AÑOS EN UN RANCHO QUE ERA DE NUESTRA PROPIEDAD.
DONDE EXISTE UN TESORO ESPERANDO ALGUN VALIENTE QUE QUIERA RESCATARLO.
EL NOPAL DEL MUERTO
Toda mi infancia la viví en un rancho que mis padres le compraron a Don Melitón Álvarez, el dueño del Ranchito de San Agustín del Bordo. Así que el nuestro colindaba al norte con el rancho de Los González y al sur con el Ranchito.
Donde vivíamos no tenía nombre aunque alguna vez mi padre pretendió llamarle “El Príncipe”, lo cual tampoco apareció en el mapa de las rancherías de San Miguel de Allende Guanajuato, porque al poco tiempo fue vendido a Don José Chávez; nuestro colindante al poniente y dueño del rancho Los Chávez.
Al vivir en aquel lugar pedregoso y árido de tierra negra desquebrajada donde solamente había nopales, mezquites y huizaches, además de los amplios matorrales de cashtinguiní; arbustos de un metro cincuenta centímetros de ramilletes de flores amarillas y que utilizábamos para varear las espinosas tunas antes de quitarles la cáscara con el filoso cuchillo o para acompañar una canasta llena de ellas ya que su olor y consistencia las mantenía frescas y con un sabor agradable al paladar. En tiempos de lluvia arrancábamos de jalón estas resistentes hierbas para aprovechar sus raíces en forma de bulbos y hacer brasas en la cocina. Nosotros les llamábamos cabezas y juntábamos gran cantidad de ellas en las mantas de ixtle. Los nopales eran de gruesos troncos con seis metros de altura donde algunas veces me trepaba para ver a lo lejos el ganado que se escondía entre la espesura del lugar. También había gatillales; arbustos que ahora ocupan para curar gran cantidad de dolencias y modernas enfermedades. La flor de éstos son pequeñas bolitas de colores rosa parecidas a los algodoncillos de azúcar.
Hay un lugar que llamaba mi atención de todas esas hermosas fotografías que ahora corren en mi mente y con cierto aire de misterio infundía respeto sin saber por qué. Era un pequeño espacio de unos doscientos metros a lo más; tapizado de la hierba del perro. Mi madre nos mandaba por ella cuando estábamos empachados. Ese era el único espacio del rumbo donde existía. Otra era la hierba de sangregado que ahora conozco también como hierba de sangre de drago, o dragón que sirve para mantener una hermosa y negra cabellera además de evitar la calvicie. Esta se arrastraba por allí con sus frutos secos y ricos; parecidos a las avellanas que nos dejaban una sensación de mareo pero que nos gustaba consumir a pesar de esa desagradable sensación. Otras ocasiones las llegamos a utilizar como canicas o simplemente para jugar a las guerritas.
La planicie estaba rodeada de una gran nopalera de ricas tunas rojas, y entre los nopales ya de por sí gigantescos, sobresalía al frente de forma imponente uno conocido como chamacuero al que todos le decían el Nopal del muerto. Este también era de tunas rojas, sólo que más grandes y de un delicioso e inigualable sabor. Parecía un gran soldado montando en brioso caballo resguardando el lugar. Lo digo porque esa era la sensación que todos teníamos cuando pasábamos junto a él, ya fuera con los ganados o al ir por la hierba para curarnos. Se sentía escalofrío, y sin saber por qué volteábamos a ver la copa del nopal. Algunos dicen que lo llegaron a ver como un enorme ranchero de sombrero de copa ancha montando un caballo. Esto nubló su vista y los paralizó por lo menos unos segundos mientras volvían en sí del asombro, ahora con una sonrisa en los labios al darse cuenta que solamente se trataba de un simple nopal.
Este mogote se localizaba al sur de nuestro rancho, como a un kilómetro de la casa. Estaba en lo que era el lindero del Ranchito de San Agustín y el nuestro; con una hilera de piedras amontonadas figurando lo que alguna vez llegó a ser una gran cerca. También cabe decir que la población del Ranchito se ubicaba al sureste a una distancia de otros dos kilómetros del Nopal del Muerto. Este lugar era un enorme caballete del cerro que hacía loma tanto al norte como al sur.
Los más viejos de San Agustín del Bordito cuentan que hace muchos años fueron invadidos por un grupo de revolucionarios que se hacían llamar zapatistas. Eran gente ruda y de malos modales porque les robaban sus cosechas además de abusar de sus esposas e hijas y usar sus casas para alojarse y sus víveres para alimentarse, sin que nadie pudiera hacer nada. En el lugar conocido como el Nopal del Muerto se estableció un grupo de unos veinte guerrilleros para resguardar un cargamento de lingotes de oro, el que, cuando tuvieron que desbalagarse por la muerte de su jefe Emiliano Zapata, enterraron al pie del frondoso nopal. Este siempre les sirvió de vigía pues desde lo alto dominaban cientos de kilómetros a la redonda y más de una vez les ayudó para emboscar a los soldados sabedores de su existencia e intentaban acabar con ellos.
Cuando se retiraron los Zapatistas, temerosos del poderoso ejercito, en aquel entonces a la cabeza de Don Venustiano Carranza, dejaron enterrada su riqueza con la consigna de regresar algún día por ella.
Y lo hicieron. No Había pasado el año de su retirada, cuando al rancho llegaron diez aguerridos y bien armados valentones queriendo de nuevo acosar a los rancheros quienes los recibieron con machetes y sin darles tiempo de nada acabaron con ellos. Uno de los bandido mal herido y con un cuchillo en el vientre huyó a refugiarse en el Nopal del muerto. Los campesinos lo siguieron y lo encontraron agonizando recostado al tronco del nopal todavía con el cuchillo de cacha de hueso y en enorme charco de sangre.
Los rancheros escarbaron una fosa común al pie del nopal y allí sepultaron a los diez guerrilleros.
Se dice que nadie ha podido sacar ese tesoro. Quienes lo intentaron murieron de horror o han enloquecido al ver que los nopales que rodean el lugar se convierten en lánguidos espectros y las hierbas de sangregado en enormes y gruesas serpientes que lanzan fuego haciendo explotar sus avellanas como potentes municiones. ¡Ah! y la hierba del perro, son negras y horripilantes tarántulas que buscan chupar la sangre de los intrusos.
AUTOR: CIPRIANO AGUILAR ESPINOSA
HACE ALGUNOS AÑOS EN UN RANCHO QUE ERA DE NUESTRA PROPIEDAD.
DONDE EXISTE UN TESORO ESPERANDO ALGUN VALIENTE QUE QUIERA RESCATARLO.
EL NOPAL DEL MUERTO
Toda mi infancia la viví en un rancho que mis padres le compraron a Don Melitón Álvarez, el dueño del Ranchito de San Agustín del Bordo. Así que el nuestro colindaba al norte con el rancho de Los González y al sur con el Ranchito.
Donde vivíamos no tenía nombre aunque alguna vez mi padre pretendió llamarle “El Príncipe”, lo cual tampoco apareció en el mapa de las rancherías de San Miguel de Allende Guanajuato, porque al poco tiempo fue vendido a Don José Chávez; nuestro colindante al poniente y dueño del rancho Los Chávez.
Al vivir en aquel lugar pedregoso y árido de tierra negra desquebrajada donde solamente había nopales, mezquites y huizaches, además de los amplios matorrales de cashtinguiní; arbustos de un metro cincuenta centímetros de ramilletes de flores amarillas y que utilizábamos para varear las espinosas tunas antes de quitarles la cáscara con el filoso cuchillo o para acompañar una canasta llena de ellas ya que su olor y consistencia las mantenía frescas y con un sabor agradable al paladar. En tiempos de lluvia arrancábamos de jalón estas resistentes hierbas para aprovechar sus raíces en forma de bulbos y hacer brasas en la cocina. Nosotros les llamábamos cabezas y juntábamos gran cantidad de ellas en las mantas de ixtle. Los nopales eran de gruesos troncos con seis metros de altura donde algunas veces me trepaba para ver a lo lejos el ganado que se escondía entre la espesura del lugar. También había gatillales; arbustos que ahora ocupan para curar gran cantidad de dolencias y modernas enfermedades. La flor de éstos son pequeñas bolitas de colores rosa parecidas a los algodoncillos de azúcar.
Hay un lugar que llamaba mi atención de todas esas hermosas fotografías que ahora corren en mi mente y con cierto aire de misterio infundía respeto sin saber por qué. Era un pequeño espacio de unos doscientos metros a lo más; tapizado de la hierba del perro. Mi madre nos mandaba por ella cuando estábamos empachados. Ese era el único espacio del rumbo donde existía. Otra era la hierba de sangregado que ahora conozco también como hierba de sangre de drago, o dragón que sirve para mantener una hermosa y negra cabellera además de evitar la calvicie. Esta se arrastraba por allí con sus frutos secos y ricos; parecidos a las avellanas que nos dejaban una sensación de mareo pero que nos gustaba consumir a pesar de esa desagradable sensación. Otras ocasiones las llegamos a utilizar como canicas o simplemente para jugar a las guerritas.
La planicie estaba rodeada de una gran nopalera de ricas tunas rojas, y entre los nopales ya de por sí gigantescos, sobresalía al frente de forma imponente uno conocido como chamacuero al que todos le decían el Nopal del muerto. Este también era de tunas rojas, sólo que más grandes y de un delicioso e inigualable sabor. Parecía un gran soldado montando en brioso caballo resguardando el lugar. Lo digo porque esa era la sensación que todos teníamos cuando pasábamos junto a él, ya fuera con los ganados o al ir por la hierba para curarnos. Se sentía escalofrío, y sin saber por qué volteábamos a ver la copa del nopal. Algunos dicen que lo llegaron a ver como un enorme ranchero de sombrero de copa ancha montando un caballo. Esto nubló su vista y los paralizó por lo menos unos segundos mientras volvían en sí del asombro, ahora con una sonrisa en los labios al darse cuenta que solamente se trataba de un simple nopal.
Este mogote se localizaba al sur de nuestro rancho, como a un kilómetro de la casa. Estaba en lo que era el lindero del Ranchito de San Agustín y el nuestro; con una hilera de piedras amontonadas figurando lo que alguna vez llegó a ser una gran cerca. También cabe decir que la población del Ranchito se ubicaba al sureste a una distancia de otros dos kilómetros del Nopal del Muerto. Este lugar era un enorme caballete del cerro que hacía loma tanto al norte como al sur.
Los más viejos de San Agustín del Bordito cuentan que hace muchos años fueron invadidos por un grupo de revolucionarios que se hacían llamar zapatistas. Eran gente ruda y de malos modales porque les robaban sus cosechas además de abusar de sus esposas e hijas y usar sus casas para alojarse y sus víveres para alimentarse, sin que nadie pudiera hacer nada. En el lugar conocido como el Nopal del Muerto se estableció un grupo de unos veinte guerrilleros para resguardar un cargamento de lingotes de oro, el que, cuando tuvieron que desbalagarse por la muerte de su jefe Emiliano Zapata, enterraron al pie del frondoso nopal. Este siempre les sirvió de vigía pues desde lo alto dominaban cientos de kilómetros a la redonda y más de una vez les ayudó para emboscar a los soldados sabedores de su existencia e intentaban acabar con ellos.
Cuando se retiraron los Zapatistas, temerosos del poderoso ejercito, en aquel entonces a la cabeza de Don Venustiano Carranza, dejaron enterrada su riqueza con la consigna de regresar algún día por ella.
Y lo hicieron. No Había pasado el año de su retirada, cuando al rancho llegaron diez aguerridos y bien armados valentones queriendo de nuevo acosar a los rancheros quienes los recibieron con machetes y sin darles tiempo de nada acabaron con ellos. Uno de los bandido mal herido y con un cuchillo en el vientre huyó a refugiarse en el Nopal del muerto. Los campesinos lo siguieron y lo encontraron agonizando recostado al tronco del nopal todavía con el cuchillo de cacha de hueso y en enorme charco de sangre.
Los rancheros escarbaron una fosa común al pie del nopal y allí sepultaron a los diez guerrilleros.
Se dice que nadie ha podido sacar ese tesoro. Quienes lo intentaron murieron de horror o han enloquecido al ver que los nopales que rodean el lugar se convierten en lánguidos espectros y las hierbas de sangregado en enormes y gruesas serpientes que lanzan fuego haciendo explotar sus avellanas como potentes municiones. ¡Ah! y la hierba del perro, son negras y horripilantes tarántulas que buscan chupar la sangre de los intrusos.
AUTOR: CIPRIANO AGUILAR ESPINOSA
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SU AMIGO CHEF.. QUE CHEF...CHEFASO PALO QUE GUSTE Y MANDE PELAO.
Re: EL NOPAL DEL MUERTO
justo el tipo de tesoros ke me gusta buskar....
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“Hay tres maneras de hacer las cosas: bien, mal y como yo las hago”

Re: EL NOPAL DEL MUERTO
esos son los tesoros bueeeeenossssss los hechizados
Jebe- Experto del Foro

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Frase Célebre: con la muerte se mata a la muerte por toda una eternidad
Fecha de inscripción: 06/07/2009
Re: EL NOPAL DEL MUERTO
compañero chefpastisiere; un consejo de amigos, no pierdas tiempo no se necesita ser sabio para saber que tienes en las manos un gran tesoro, con el equipo basico lo lograrias, lo del encanto son patrañas te lo garantizo, si acaso alucinaciones de algun mente debil que lo intento en la oscuridad de la noche por miedo a los dueños, hojala lo intentes y nos mantengas al tanto. gracias y mucha suerte

CHELO STONE- Experto del Foro

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Fecha de inscripción: 12/07/2010
Re: EL NOPAL DEL MUERTO
SI ESTA HECHIZADO
SE PUEDE QUEBRAR EL MALEFICIO

SIRCOLECCTION- Gran Experto del Foro

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Frase Célebre: EL FUEGO TODO LO PURIFICA
Fecha de inscripción: 26/07/2010
Re: EL NOPAL DEL MUERTO
compañero sircoleccition; en el relato de chefpastisiere no encuentro señales de algun hechizo o maleficio, esto te lo digo con pleno conocimiento de las costumbres revolucionarias zapatistas y villistas que despreciaban con justa razon lo que tuviera que ver con el dios burgues de los brujos, y hasta la fecha no recuerdo de algun entierro zapatista o villista con alguna especie de hechizo o algo semejante. gracias y suerte

CHELO STONE- Experto del Foro

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Cantidad de envíos: 490
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Localización: mexico df
Fecha de inscripción: 12/07/2010
Re: EL NOPAL DEL MUERTO
chefpastisiere escribió:
Se dice que nadie ha podido sacar ese tesoro. Quienes lo intentaron murieron de horror o han enloquecido al ver que los nopales que rodean el lugar se convierten en lánguidos espectros y las hierbas de sangregado en enormes y gruesas serpientes que lanzan fuego haciendo explotar sus avellanas como potentes municiones. ¡Ah! y la hierba del perro, son negras y horripilantes tarántulas que buscan chupar la sangre de los intrusos.
AUTOR: CIPRIANO AGUILAR ESPINOSA
EN ESTA PARTE LO REFIEREE
IGUAL TEMA DE POLEMICA EN LO QUE RESPECTA A TESOROS

SIRCOLECCTION- Gran Experto del Foro

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Edad: 53
Localización: guadalajara
Frase Célebre: EL FUEGO TODO LO PURIFICA
Fecha de inscripción: 26/07/2010
Re: EL NOPAL DEL MUERTO
compañero sircolecction; yo me refiero en si a un hechizo verdadero y no lo que han dicho terceras personas, por lo general un hechizo hace que la historia sea mas ficticia y menos real, hasta hace que al que lee o escucha le parezca una mentira, pero el relato me parece fidedigno, por lo menos en mi corta experiencia es lo que creo. gracias y suerte

CHELO STONE- Experto del Foro

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Edad: 31
Localización: mexico df
Fecha de inscripción: 12/07/2010
Re: EL NOPAL DEL MUERTO
PUES SI, YA SON APRECIACIONES PERSONALES
Y LO POLEMICO DE ESTE TEMA DE LOS TESOROS

SIRCOLECCTION- Gran Experto del Foro

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Edad: 53
Localización: guadalajara
Frase Célebre: EL FUEGO TODO LO PURIFICA
Fecha de inscripción: 26/07/2010
Re: EL NOPAL DEL MUERTO
En estas historias o leyendas, hay que recordar el dicho "cuando el rio suena............", no lo dejes. y como he leido aacertadamente de otros compañeros, unas oraciones no estarán mal, pero buscalo y nos cuentas.
GAMBUSINO ORO- Líder de opinión.

-
Cantidad de envíos: 44
Edad: 51
Localización: YUCATAN
Fecha de inscripción: 30/09/2010
Re: EL NOPAL DEL MUERTO
Que tal compañeros corrijiendo algunos nombres de personajes de la historia anterior y haciendo algunas adaptaciones.
gracias.
El Nopal del Muerto
Toda mi infancia la viví en un rancho que mis padres le compraron a Don Melitón Tovar, el dueño del Ranchito de San Agustín del Bordo. Así que el nuestro colindaba al norte con el rancho de Los González y al sur con el Ranchito.
Donde vivíamos no tenía nombre aunque alguna vez mi padre pretendió llamarle “El Príncipe”, lo cual tampoco apareció en el mapa de las rancherías de San Miguel de Allende Guanajuato, porque al poco tiempo fue vendido a Don José Chávez; nuestro colindante al poniente y dueño del rancho Los Chávez.
Al vivir en aquel lugar pedregoso y árido de tierra negra desquebrajada donde solamente había nopales, mezquites y huizaches, además de los amplios matorrales de cashtinguiní; arbustos de un metro cincuenta centímetros de ramilletes de flores amarillas y que utilizábamos para varear las espinosas tunas antes de quitarles la cáscara con el filoso cuchillo o para acompañar una canasta llena de ellas ya que su olor y consistencia las mantenía frescas y con un sabor más agradable al paladar. En tiempos de lluvia arrancábamos de jalón estas resistentes hierbas para aprovechar sus raíces en forma de bulbos y hacer brasas en la cocina. Nosotros les llamábamos cabezas y juntábamos gran cantidad de ellas en las mantas de ixtle. Los nopales eran de gruesos troncos con seis metros de altura donde algunas veces me trepaba para ver a lo lejos el ganado que se escondía entre la espesura del lugar. También había gatillales; arbustos que ahora ocupan para curar gran cantidad de dolencias y modernas enfermedades. La flor de éstos son pequeñas bolitas de colores rosa y amarillas parecidas a los algodoncillos de azúcar, sólo que en miniatura.
Hay un lugar que llamaba mi atención de todas esas hermosas fotografías que ahora corren en mi mente y con cierto aire de misterio infundía respeto sin saber por qué. Era un pequeño espacio de unos doscientos metros a lo más; tapizado de la hierba del perro; pequeños arbustos de unos treinta centímetros de altura que se hacían bola como acurrucándose para no ser cortada. Mi madre nos mandaba por ella cuando estábamos empachados. Ese era el único espacio del rumbo donde existía aquella planta medicinal. Otra era la hierba de sangregado que ahora conozco también como hierba de sangre de drago, o dragón que sirve para mantener una hermosa y negra cabellera además de evitar la calvicie. Esta se arrastraba por allí con sus frutos secos y ricos; parecidos a las avellanas que nos dejaban una sensación de mareo pero que nos gustaba consumir a pesar de esa desagradable sensación. Otras ocasiones las llegamos a utilizar como canicas o simplemente para jugar a las guerritas.
La planicie estaba rodeada de una gran nopalera de ricas tunas rojas, y entre los nopales ya de por sí gigantescos, sobresalía al frente de forma imponente uno conocido como chamacuero al que todos le decían el Nopal del muerto. Este también era de tunas rojas, sólo que más grandes y de un delicioso e inigualable sabor. Parecía un gran soldado montando en brioso caballo resguardando el lugar. Lo digo porque esa era la sensación que todos teníamos cuando pasábamos junto a él, ya fuera con los ganados o al ir por la hierba para curarnos. Yo que era muy dado a subirme a los nopales más viejos, ya fuera para divisar a lo lejos o simplemente para jugar a los caballitos, a este nunca se me ocurrió subirme. Se sentía escalofrío, y sin saber por qué volteábamos a ver la copa del nopal. Algunos dicen que lo llegaron a ver como un enorme ranchero de sombrero de copa ancha montando un caballo. Esto nubló su vista y los paralizó por lo menos unos segundos mientras volvían en sí del asombro, ahora con una sonrisa en los labios al darse cuenta que solamente se trataba de un simple nopal.
El mogote se localizaba al sur de nuestro rancho, como a un kilómetro de la casa. Estaba en lo que era el lindero del Ranchito de San Agustín y el nuestro; con una hilera de piedras amontonadas figurando lo que alguna vez llegó a ser una gran cerca. También cabe decir que la población del Ranchito se ubicaba al sureste a una distancia de otros dos kilómetros del Nopal del Muerto. Este lugar era un enorme caballete del cerro que hacía loma tanto al norte como al sur.
Los más viejos de San Agustín del Bordito cuentan que los abuelos les dijeron que hace muchos años fueron invadidos por un grupo de revolucionarios que se hacían llamar zapatistas. Eran gente ruda y de malos modales porque les robaban sus cosechas además de abusar de sus esposas e hijas y usar sus casas para alojarse y sus víveres para alimentarse, sin que nadie pudiera hacer nada. En el lugar conocido como el Nopal del Muerto se estableció un grupo de unos veinte guerrilleros para resguardar un cargamento de lingotes de oro, el que, cuando tuvieron que desbalagarse por la muerte de su jefe Emiliano Zapata, enterraron al pie del frondoso nopal. Este siempre les sirvió de vigía pues desde lo alto dominaban cientos de kilómetros a la redonda y más de una vez les ayudó para emboscar a los soldados sabedores de su existencia e intentaban acabar con ellos.
Cuando se retiraron los Zapatistas, temerosos del poderoso ejercito, en aquel entonces a la cabeza de Don Venustiano Carranza, dejaron enterrada su riqueza después de haber acordado regresar por ella lo más pronto posible.
Y lo hicieron. No Había pasado el año de su retirada, cuando al rancho llegaron diez aguerridos y bien armados valentones queriendo de nuevo acosar a los rancheros quienes los recibieron con machetes y, sin darles tiempo de nada acabaron con ellos. Uno de los bandido mal herido y con un cuchillo en el vientre huyó a refugiarse en el Nopal del muerto. Los campesinos lo siguieron y lo encontraron agonizando recostado al pie del tronco del nopal, todavía con el cuchillo de cacha de hueso y en un enorme charco de sangre.
Los rancheros escarbaron diez fosas en aquel claro del monte formando una herradura y allí sepultaron a los diez guerrilleros. El nopal chamacuero y los rancheros de San Agustín del Bordo fueron los únicos testigos de aquellas tumbas clandestinas del monte. Se dice que regresaron en silencio a sus hogares con la promesa de nunca contar lo sucedido a nadie, ni as sus propias familias.
Ellos ya sabían que había un tesoro enterrado en aquel lugar al que consideraban maldito y tenían prohibido desenterrar por ser el tesoro del diablo.
Aquellos que conocen la historia dicen que nadie lo ha podido sacar. Quienes lo intentaron murieron de horror o han enloquecido al ver que los nopales que ahora forman una herradura en ese lugar, se convierten en lánguidos espectros y las hierbas de sangregado en enormes y gruesas serpientes que lanzan fuego haciendo explotar sus avellanas como potentes municiones. ¡Ah! y la hierba del perro, son negras y horripilantes tarántulas que buscan chupar la sangre de los intrusos.
AUTOR: CIPRIANO AGUILAR ESPINOSA
gracias.
El Nopal del Muerto
Toda mi infancia la viví en un rancho que mis padres le compraron a Don Melitón Tovar, el dueño del Ranchito de San Agustín del Bordo. Así que el nuestro colindaba al norte con el rancho de Los González y al sur con el Ranchito.
Donde vivíamos no tenía nombre aunque alguna vez mi padre pretendió llamarle “El Príncipe”, lo cual tampoco apareció en el mapa de las rancherías de San Miguel de Allende Guanajuato, porque al poco tiempo fue vendido a Don José Chávez; nuestro colindante al poniente y dueño del rancho Los Chávez.
Al vivir en aquel lugar pedregoso y árido de tierra negra desquebrajada donde solamente había nopales, mezquites y huizaches, además de los amplios matorrales de cashtinguiní; arbustos de un metro cincuenta centímetros de ramilletes de flores amarillas y que utilizábamos para varear las espinosas tunas antes de quitarles la cáscara con el filoso cuchillo o para acompañar una canasta llena de ellas ya que su olor y consistencia las mantenía frescas y con un sabor más agradable al paladar. En tiempos de lluvia arrancábamos de jalón estas resistentes hierbas para aprovechar sus raíces en forma de bulbos y hacer brasas en la cocina. Nosotros les llamábamos cabezas y juntábamos gran cantidad de ellas en las mantas de ixtle. Los nopales eran de gruesos troncos con seis metros de altura donde algunas veces me trepaba para ver a lo lejos el ganado que se escondía entre la espesura del lugar. También había gatillales; arbustos que ahora ocupan para curar gran cantidad de dolencias y modernas enfermedades. La flor de éstos son pequeñas bolitas de colores rosa y amarillas parecidas a los algodoncillos de azúcar, sólo que en miniatura.
Hay un lugar que llamaba mi atención de todas esas hermosas fotografías que ahora corren en mi mente y con cierto aire de misterio infundía respeto sin saber por qué. Era un pequeño espacio de unos doscientos metros a lo más; tapizado de la hierba del perro; pequeños arbustos de unos treinta centímetros de altura que se hacían bola como acurrucándose para no ser cortada. Mi madre nos mandaba por ella cuando estábamos empachados. Ese era el único espacio del rumbo donde existía aquella planta medicinal. Otra era la hierba de sangregado que ahora conozco también como hierba de sangre de drago, o dragón que sirve para mantener una hermosa y negra cabellera además de evitar la calvicie. Esta se arrastraba por allí con sus frutos secos y ricos; parecidos a las avellanas que nos dejaban una sensación de mareo pero que nos gustaba consumir a pesar de esa desagradable sensación. Otras ocasiones las llegamos a utilizar como canicas o simplemente para jugar a las guerritas.
La planicie estaba rodeada de una gran nopalera de ricas tunas rojas, y entre los nopales ya de por sí gigantescos, sobresalía al frente de forma imponente uno conocido como chamacuero al que todos le decían el Nopal del muerto. Este también era de tunas rojas, sólo que más grandes y de un delicioso e inigualable sabor. Parecía un gran soldado montando en brioso caballo resguardando el lugar. Lo digo porque esa era la sensación que todos teníamos cuando pasábamos junto a él, ya fuera con los ganados o al ir por la hierba para curarnos. Yo que era muy dado a subirme a los nopales más viejos, ya fuera para divisar a lo lejos o simplemente para jugar a los caballitos, a este nunca se me ocurrió subirme. Se sentía escalofrío, y sin saber por qué volteábamos a ver la copa del nopal. Algunos dicen que lo llegaron a ver como un enorme ranchero de sombrero de copa ancha montando un caballo. Esto nubló su vista y los paralizó por lo menos unos segundos mientras volvían en sí del asombro, ahora con una sonrisa en los labios al darse cuenta que solamente se trataba de un simple nopal.
El mogote se localizaba al sur de nuestro rancho, como a un kilómetro de la casa. Estaba en lo que era el lindero del Ranchito de San Agustín y el nuestro; con una hilera de piedras amontonadas figurando lo que alguna vez llegó a ser una gran cerca. También cabe decir que la población del Ranchito se ubicaba al sureste a una distancia de otros dos kilómetros del Nopal del Muerto. Este lugar era un enorme caballete del cerro que hacía loma tanto al norte como al sur.
Los más viejos de San Agustín del Bordito cuentan que los abuelos les dijeron que hace muchos años fueron invadidos por un grupo de revolucionarios que se hacían llamar zapatistas. Eran gente ruda y de malos modales porque les robaban sus cosechas además de abusar de sus esposas e hijas y usar sus casas para alojarse y sus víveres para alimentarse, sin que nadie pudiera hacer nada. En el lugar conocido como el Nopal del Muerto se estableció un grupo de unos veinte guerrilleros para resguardar un cargamento de lingotes de oro, el que, cuando tuvieron que desbalagarse por la muerte de su jefe Emiliano Zapata, enterraron al pie del frondoso nopal. Este siempre les sirvió de vigía pues desde lo alto dominaban cientos de kilómetros a la redonda y más de una vez les ayudó para emboscar a los soldados sabedores de su existencia e intentaban acabar con ellos.
Cuando se retiraron los Zapatistas, temerosos del poderoso ejercito, en aquel entonces a la cabeza de Don Venustiano Carranza, dejaron enterrada su riqueza después de haber acordado regresar por ella lo más pronto posible.
Y lo hicieron. No Había pasado el año de su retirada, cuando al rancho llegaron diez aguerridos y bien armados valentones queriendo de nuevo acosar a los rancheros quienes los recibieron con machetes y, sin darles tiempo de nada acabaron con ellos. Uno de los bandido mal herido y con un cuchillo en el vientre huyó a refugiarse en el Nopal del muerto. Los campesinos lo siguieron y lo encontraron agonizando recostado al pie del tronco del nopal, todavía con el cuchillo de cacha de hueso y en un enorme charco de sangre.
Los rancheros escarbaron diez fosas en aquel claro del monte formando una herradura y allí sepultaron a los diez guerrilleros. El nopal chamacuero y los rancheros de San Agustín del Bordo fueron los únicos testigos de aquellas tumbas clandestinas del monte. Se dice que regresaron en silencio a sus hogares con la promesa de nunca contar lo sucedido a nadie, ni as sus propias familias.
Ellos ya sabían que había un tesoro enterrado en aquel lugar al que consideraban maldito y tenían prohibido desenterrar por ser el tesoro del diablo.
Aquellos que conocen la historia dicen que nadie lo ha podido sacar. Quienes lo intentaron murieron de horror o han enloquecido al ver que los nopales que ahora forman una herradura en ese lugar, se convierten en lánguidos espectros y las hierbas de sangregado en enormes y gruesas serpientes que lanzan fuego haciendo explotar sus avellanas como potentes municiones. ¡Ah! y la hierba del perro, son negras y horripilantes tarántulas que buscan chupar la sangre de los intrusos.
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