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Túneles jesuitas en Santiago de Chile.

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Túneles jesuitas en Santiago de Chile.

Mensaje por Pedro Cantú el Dom 13 Mayo 2018, 1:01 pm



La leyenda de los cientos de pasadizos subterráneos atravesando la ciudad de Santiago por el subsuelo, ha sobrevivido a los siglos no sólo manteniendo su vigencia, sino también cobrando mayor fuera en el colectivo de los mitos urbanos, resistiéndose a morir con sus visos de realidad y sus exageraciones.
De existir, algunos de estos extraños túneles serían anteriores a los tiempos hispánicos, según reza el folclore probablemente inspirado en parte por casos célebres e internacionales, como el de las cavernas de Hércules en Toledo o la misteriosa ciudad subterránea turca de Derinkuyu. Otros semejarían a las famosas catacumbas de Roma o las galerías mortuorias de la ciudad de París, según la creencia. La mayoría de ellos, además, estarían ligados a la actividad de las órdenes religiosas, como las catacumbas de los primeros años del cristianismo, con la diferencia de que éstas se habrían construido como supuestos pasadizos subterráneos para comunicar secretamente los centros de los conventos, en especial los miembros de la orden de la Compañía de Jesús.
Lamentablemente, el mismo mito de los subterráneos y sus fortunas escondidas tendrá una trágica connotación el 13 de diciembre de 1934, cuando el poeta peruano José Santos Chocano fue asesinado en un tranvía (Nº 13, según la leyenda) por un desquiciado llamado Martín Bruce Padilla, quien aseguró haberle atacado porque el escritor poseía un mapa con la ubicación de los tesoros perdidos probablemente relacionados de la orden de los jesuitas y su congregación en Chile.
Irónicamente, Santos Chocano le temía de manera tremenda al número 13 (triscaidecafobia) pues era sumamente supersticioso. Además, había estado buscando antes sus propios tesoros subterráneos imaginarios en un supuesto lugar secreto cerca del Mapocho, por lo que existe la posibilidad de que su asesino haya sido alguien que el poeta quiso reclutar como socio y que después se sintió traicionado, según se supo por la prensa de esos años.
Mucha leyenda, mucho bla, bla, pero por décadas o siglos nada oficialmente muy concreto… Hasta las primeras grandes transformaciones de la ciudad en plena República, que vinieron a resucitar hasta hoy el imaginario del mundo existente en el subsuelo de la capital chilena.
Veamos qué se puede encontrar en el umbral de los mitos y los hechos, entonces.


Obreros trabajando en las aberturas de los extraños túneles hallados en el Cerro Santa Lucía, en fotografía del "Álbum del Santa Lucía" publicado en 1874 por Emilio Garreaud con textos de don Benjamín Vicuña Mackenna. Se pretendía unir todos estos túneles al centro del peñón para crear un gran salón, pero el proyecto se descartó.

Obreros trabajando en las aberturas de los extraños túneles hallados en el Cerro Santa Lucía, en fotografía del "Álbum del Santa Lucía" publicado en 1874 por Emilio Garreaud con textos de don Benjamín Vicuña Mackenna. Se pretendía unir todos estos túneles al centro del peñón para crear un gran salón, pero el proyecto se descartó.
EL ORIGEN DE LA LEYENDA
Se recordará que, en 1767, los jesuitas llegados a nuestro país en el verano de 1593, fueron expulsados de Chile por orden del Rey de España. El día 26 de agosto, en uno de los más tristes de la comunidad santiaguina, los sacerdotes que tanta importancia y simpatía habíanse ganado en la sociedad chilena debieron partir temprano, abandonando sus estancias y residencias, bajo la vigilancia atenta de los agentes de la administración reinal.
Todas sus propiedades en Santiago quedaron confiscadas: El Colegio Máximo de San Javier, el Convictorio de San Francisco Javier, el Colegio San Pablo, los bienes de la calle de la Ollería, la Iglesia de de Bandera con Compañía, la Casa de Ejercicios de Loreto, etc. Si acaso existen estas galerías subterráneas asociadas a ellos, entonces es presumible que han de encontrarse bajo estos puntos de la ciudad.
Apilados como ganado próximo a ser exiliado, se los condujo en masa hasta Valparaíso, desde donde vieron por última vez la tierra que tanto amaron. “Sólo saben lo que es Chile quienes lo han perdido”, diría después el fraile Manuel Lacunza, recordando estos dolorosos hechos.
Las propiedades y bienes no tardaron en entrar en la discusión, entonces: ¿qué hacer con ellos? Algunos fueron arrendados, otros cedidos o vendidos. Sin embargo, la expectación creció con las maravillas sobre los supuestos tesoros jesuitas que habrían quedado abandonados, pues la orden tenía fama de resguardar grandes riquezas en sus bodegas y archiveros, y sin duda que algo de verdad había en ello.
Como no hay realidad que complazca a la imaginación, muchos sintieron frustradas sus expectativas al ver que el dinero, monedas de oro, gemas, cálices y objetos valiosos en general dejados por la Compañía y pasados a manos de la Caja Real, no parecían tan fastuosamente relucientes como la fantasía popular había ido desarrollándolo en su imagen idealizada, esperando conocer de tesoros inmensos. Incapaces de soportar la pedestre realidad, pero conscientes de que una congregación tan acomodada como los jesuitas se había marchado del país prácticamente con lo puesto, comenzó a forjarse la segunda etapa del mito popular: la de fortunas religiosas enterradas en túneles coloniales y la de tesoros ocultos en los subterráneos secretos que se le atribuían a los centros utilizados por ellos.
Bóvedas de las cavas subterráneas encontradas durante la construcción de una obra entre calles Lira y Quito, a escasa distancia de la Alameda. Imagen del año 2006 (Plataforma Urbana).


Bóvedas de las cavas subterráneas encontradas durante la construcción de una obra entre calles Lira y Quito, a escasa distancia de la Alameda. Imagen del año 2006 (Plataforma Urbana).

EL MARAVILLOSO SUBTERRÁNEO DE LOS JESUITAS
La leyenda fraguada al calor del entusiasmo dorado y las ambiciones, decía que los jesuitas habían excavado una serie de galerías en el subsuelo de la ciudad, permitiéndoles recorrerla hacia sus cuatro puntos cardinales desde la Iglesia de la Compañía de Jesús, situada en la esquina de Compañía con Bandera, y desembocando siempre en algún sitio misterioso.
Los puntos de destino de estas galerías eran, supuestamente, las calles Compañía, San Pablo, La Ollería (actual Portugal) y San Borja. Una de las galerías más importantes era un túnel amurallado que se extendía, según la misma leyenda, hacia el lado Norte, presuntamente atravesando el río Mapocho y llegando a distancias impensadas, por Quilicura inclusive. Hacia el lado Sur, en cambio, las arterias se unían en un pretendido túnel matriz que corría siguiendo la ruta de la Cañada, actual Alameda. Creencias populares hasta hoy hablan también de galerías fantásticas que conectaban la Escuela Jesuita con el gran complejo de la Compañía en Calera de Tango, por el camino a Lonquén.
El 8 de diciembre de 1863, en plena república y con los jesuitas ya de regreso desde hacía 20 años casi justos, la Iglesia de San Miguel de la Compañía fue destruida por un trágico incendio; una de las peores tragedias de la historia de Santiago y de todo el país. Todo quedó reducido a escombros y recuerdos dolorosos, además de cuerpos calcinados que debieron ser retirados a carretadas. Hasta su demolición y reemplazo por los jardines del ex Congreso Nacional de Santiago por el lado de calle Bandera, el edificio siniestrado lució siniestro y terrorífico allí, en ruinas, agobiando la vista y el recuerdo de la capital.
Curiosamente, en años posteriores y producto de nuevas obras de urbanización, se habrían encontrado enigmáticas salas subterráneas coloniales en calles céntricas como Agustinas, San Pablo y Puente, precisamente en el entorno del sector que antes ocuparan ésta y otras órdenes religiosas como los dominicos y los franciscanos. Veremos que la mayoría de ellas -sino la totalidad-, sin embargo, han acabado siendo destruidas o no daban realmente para creer que fueran parte de grandes redes de túneles, sino más bien meras cámaras subterráneas de poco valor histórico.
Como era de esperar, no obstante, algunas leyendas sobre este asunto resurgieron también durante la construcción de la estación de metro de la Plaza de Armas y luego en las excavaciones para la avenida Costanera Norte bajo el caudal del río Mapocho, en tiempos recientes, pero ninguna noticia concreta se reportó al respecto.
Mapa de Santiago publicado por el sacerdote jesuita Alonso de Ovalle en su obra "Histórica relación del Reyno de Chile i de las Mifiones i Miniftterios que exercita la Compañía de Jesús" (1646). Curiosamente, por tratarse de un esquema con acento en los edificios religiosos, muchos de los hallazgos de cámaras subterráneas de la ciudad han tenido lugar dentro de este cuadrante aquí representado y siempre cerca de estos centros de fe y urbanos que en él se señalan.
EL LIBRO DE RAMÓN PACHECO
Uno de los posibles "tocados" por hallazgos alguna vez realizados en el centro de Santiago, o bien por sus crecientes leyendas urbanas desatadas, fue el enigmático escritor Ramón Pacheco, quien, según tenemos entendido, era también aficionado a la investigación de temas criptológicos, además de “hermano” miembro de la masonería y de claro acento anticlerical. Aunque publicaba como cronista ya en su madurez profesional, algunas de sus obras deben estar en los orígenes de la literatura de misterio-terror en Chile.
En la segunda mitad del siglo XIX fue conocida su novela “El Subterráneo de los Jesuitas”, de 1878 y originalmente fascicular, libro denso y de trama muy pesada que ha sido reeditado en al menos dos ocasiones más durante el siglo siguiente. Allí concibe y describe una aventura relacionada con el enigma de las galerías ocultas bajo el suelo de la ciudad, ofreciendo una explicación teórica e incluso aventurándose en descripciones de tales escenarios, como cuando asevera que estaban diseñados para confundir a cualquier intruso que llegara a profanarlos, haciéndole imposible llegar a destino por esos laberintos sin un guía. El libro es difícil de digerir en nuestros días por su lento ritmo y sus constantes idas y venidas hacia el tema central, además del sesgo antirreligioso obsesivo.
Pero por sobre todo, Pacheco innova al incorporarle elementos siniestros al mito del subterráneo, quizás hasta entonces orientado sólo a la ilusión de tesoros perdidos y riquezas escondidas. El autor traslada la misión jesuítica a un argumento de terror, a la brutalidad de los años de la inquisición, y explica la existencia de las galerías subterráneas no sólo en el objetivo de guardar oro y joyas, sino en la necesidad de la orden de los jesuitas de eliminar a sus enemigos, especialmente a aquellos que han descubierto la oscura conspiración dirigida por los sacerdotes y el control que tienen sobre lucrativos negocios, que comunican precisamente a través de mensajeros que recorren estas galerías.
Aunque la obra no llegó a ser una hazaña de la literatura chilena, constituyó una gran polémica “de puertas cerradas”, y en parte su éxito fue ninguneado o minimizado por el disgusto de la iglesia para con su argumento tan explícitamente anticlerical, aunque la controversia que provocó se manejó con reserva y pasó casi inadvertida por la mayor parte de la opinión pública. Muchos alcanzaron a considerar el libro, sin embargo, como algo hereje y blasfemo, pues la maldad que le imprime a los sacerdotes llega a ser de caricatura. El mordaz Edwards Bello anota algunos detalles de lo que fuera esta polémica.
De alguna manera, entonces, Pacheco fue a la Compañía de Jesús en Chile lo que un siglo después será Dan Brown al Opus Dei con su “Código Da Vinci”, manteniendo las proporciones.
Entrada de la gruta del Camino de la Mina, al que da su nombre, ubicado a los pies del Cerro Santa Lucía y por su costado poniente, en un sector de escaso movimiento de visitantes.
¿EL VERDADERO SUBTERRÁNEO EN EL CONGRESO?
Aunque el libro de Pacheco no fue de su agrado (insistimos en que es difícil que lo sea para alguien en esta época), el conservador de la Biblioteca del Congreso Nacional don Fernando Concha, relacionado entonces de la interesantísima e intrigante Sección de Libros Raros y Valiosos, asocia su contenido con el hallazgo de una extraña galería subterránea abovedada que fue descubierta hace varios años durante las obras de restauración del ex Congreso Nacional de Santiago, que él mismo vio en persona pero que no pudo ser recorrida en profundidad por lo viciado de su aire.
Así pues, revisando una antigua crítica del libro de Pacheco publicada en las referencias de la Biblioteca del Congreso Nacional de Santiago, nos encontramos con el siguiente extracto a los comentarios de Concha:

   "La cosa pasó así. En la década de los 60 del pasado siglo, se emprendieron obras de restauración y remozamiento en todo el edificio del Congreso Nacional, en el curso de las cuales, se advirtió que la testera del Salón de Honor presentaba cierta inclinación y, al bajar al subterráneo para revisar su base, se abrió un forado que puso al descubierto una negra oquedad. Se buscó una escalera de mano y, al descender con luz pudo comprobarse que se trataba del comienzo de un túnel abovedado que se perdía en la distancia. También el que escribe, como se ha dicho, bajó al túnel recorriéndolo en un trecho de entre 30 a 50 metros, no pudiendo continuar a causa del aire viciado y enrarecido y también a lo bajo del túnel - no más de 1,60 mts. , lo que hacía muy penosa la marcha inclinado. Por la misma época un funcionario de la Cámara de Diputados bajó a otro túnel que arrancaba en un punto distinto al anterior, cercano al monumento a las víctimas del incendio de la Iglesia de la Compañía de Jesús. También hay noticias de otro túnel descubierto en calle San Ignacio, próximo a la Iglesia de los Jesuitas que allí existe. No todo, pues, era ficticio en el relato de Ramón Pacheco. Actualmente hay personas que planean intentar una excursión mejor organizada a estos misteriosos pasajes que todavía existen bajo nuestros pies."

Para Concha, entonces, esa galería era acaso el verdadero Subterráneo de los Jesuitas al que se refería Pacheco. Según el mito, su entrada estaba en la Iglesia de la Compañía de Jesús, frente a los actuales Tribunales de Justicia, pero el acceso se habría perdido con el famoso y terrible incendio de diciembre de 1863. Hasta nuestros días, y a pesar de la poca difusión de aquel hallazgo, este recuerdo constituye uno de los principales hitos en el rico legendario del edificio del ex Congreso Nacional de Santiago, que incluye fantasmas, apariciones varias y misterios no resueltos.
Vista actual de las grutas del lado oriental del cerro Santa Lucía, parcialmente tapadas y ocupadas por personal del paseo.
El Observatorio Sismológico era otra de las grutas, a escasos metros de la anterior.
LOS TÚNELES DEL SANTA LUCÍA
Una de las tantas leyendas circulantes en la ciudad de Santiago sobre este asunto de las galerías perdidas, proponía que los supuestos subterráneos existían en el valle del Mapocho desde antes de la llegada de los españoles, y que los religiosos sólo los despejaron y los amurallaron, convirtiéndolos así en pasadizos secretos. El investigador Jorge Anfruns, muy dado a cuestiones de lo paranormal y la neomitología, ha tocado en algunas ocasiones este curioso tema.
Las historias sobre túneles en el cerro Santa Lucía son clásicas en esta casuística, por otro lado. En sus "Recuerdos de Treinta Años: 1810-1840", por ejemplo, don José Zapiola rememora las que fueron contadas por don Manuel Harbin, un comerciante español llegado a Chile desde la Argentina, y quien habló por vez primera a Zapiola de un proyecto para abrir un túnel frente a la calle de las agustinas y que conectaría subterráneamente la Calle del Bretón (actual Santa Lucía) con la parte oriental del cerro. Nunca encontró apoyo para su empresa, sin embargo, pese a que calculaba los trabajos a relativamente bajo costo.
Empero, las cavernas naturales ya existían en el cerro desde sus orígenes, algo confirmado en los hechos. Fue así como, durante los trabajos encargados por el Intendente Benjamín Vicuña Mackenna en el Paseo Huelén del Santa Lucía, hacia 1872 y para convertirlo en parque urbano, las explosiones de dinamita preparando el trazado del camino en el área denominada “Desfiladero de los Andes”, dejaron al descubierto una enorme gruta parcialmente llena con una especie de escoria parecida al ripio, y que se internaba por más de 46 metros hacia dentro del cerro, cuyo fondo aparecía taponado por derrumbes y rocas más grandes. Esta extraña estructura contó con cuatro entradas o bocas labradas por los trabajadores para aprovechar el material de la escoria para la construcción de los caminos de ascenso al cerro para carruajes. Una creencia supone que existirían más de estas galerías brutas dentro y bajo el cerro, y que éstas serían culpables de la “reducción” del tamaño del mismo durante los últimos años por efecto de hundimiento, fenómeno que algunos trabajadores decían haber detectado.
En "Álbum del Santa Lucía" de 1874, se informa que éstas y otras grutas del sector, como penetraban hacia el centro del cerro, iban a ser unidas en la excavación de un gran salón central iluminado por faroles a gas que formarían parte del recorrido, pero esto nunca llegó a realizarse, alimentando más la especulación.
En la actualidad, sin embargo, dicha formación “natural” se encuentra escondida tras remodelaciones, derrumbes y acomodaciones ejecutadas en el “Desfiladero de los Andes”, en la cara oriental del cerro. Hay otra en el "Camino de la Mina", del lado poniente, precisamente llamado así por la existencia de esta caverna hoy clausurada a las visitas, y una extraña galería con intervención humana atribuida a las monjas clarisas (también a los franciscanos) hacia el lado de la plaza Vicuña Mackenna, pero que quedó bloqueada tras la construcción de la Fuente Neptuno y luego del paso bajo nivel a costado poniente del cerro, estableciéndose otra conexión del mito con las órdenes religiosas. Otra leyenda hablaba de un supuesto pasaje colonial por el costado Norte, aunque en una ubicación perdida.
Vista del interior de la gruta del Camino de la Mina.
EL “SÓTANO DE LA QUINTRALA” EN AGUSTINAS
Existirían varios sótanos y subterráneos coloniales escondidos bajo edificios activos de Santiago, unos más avalados que otros por la arqueología urbana. Parte de la antigua cárcel del Cabildo, por ejemplo, todavía está en lo más profundo de la Municipalidad de Santiago, frente a la Plaza de Armas. Y aunque ya hemos hablado del edificio de “La Quintrala” en otra entrada, nos parece apropiado recapitular aquí algo sobre ella y su posible relación con los agustinos.
Situado en la esquina de calle Agustinas con Estado, el lugar del actual edificio constituye un verdadero icono del legendario urbano santiaguino, además de arrastrar historias de fantasmas y tragedias, en algunos casos bastante dramáticas, como la bizarra muerte del gran periodista Tito Mundt caído accidentalmente desde lo más alto. Como se sabe, el edificio fue levantado hacia mediados del siglo XX en el sitio donde tuvo su casa la tristemente célebre Catalina de los Ríos Lisperguer, la “Quintrala”. De ahí proviene buena parte de su fama fatal, sin duda.
Sucedió que, durante el levantamiento del edificio fueron encontradas y recuperadas espaciosas construcciones subterráneas, y desde las cuales salían -a su vez- túneles hasta la Iglesia de San Agustín, cruzando la calle Agustinas. Según los antiguos administradores del edificio, un empalme de estas galerías se perdía incluso en dirección hacia el cerro Santa Lucía, sin que jamás se haya podido explorar su lugar de destino.
Se ha dicho que el subterráneo era centro de actividades de hechicería de temida mujer (a quien se le endilgaban cuentos de prácticas satánicas), o lugares de torturas a sus empleados y sirvientes indios, o bien bodegas e incluso caballerizas.
Parece ser, entonces, que las monjas agustinas también se las traían con el asunto de los subterráneos misteriosos, tal como sus colegas jesuitas, probablemente para respetar el claustro, como hemos dicho, aunque la supuesta conexión de sus claustros con la casa de la "Quintrala" no está bien documentada ni explicada. La gran sala subterránea del edificio, llamada sugerentemente “sótano de la Quintrala”, ha sido ocupada en forma consecutiva por tres históricos locales comerciales y clubes de entretención: la “Boite La Quintrala”, “El Pollo Dorado” y, actualmente, “La Plaza de las Agustinas”.
Otra de las tantas leyendas urbanas dice que las galerías que antes conectaban este salón subterráneo de “La Quintrala” con la catedral del frente, además de otras que podrían hallarse bajo esta calle, fueron clausuradas durante el Régimen Militar, pues se temía que grupos subversivos pudiesen usar esta clase de pasadizos para almacenar armas o movilizarse. Actualmente, las galerías se encuentran totalmente escondidas tras puertas condenadas de la decoración del local de "La Plaza de las Agustinas".
Iglesia de San Agustín, alguna vez conectada subterráneamente a la cuadra del frente, atravesando calle agustinas, por el "sótano de la Quintrala".
EL SECRETO SUBTERRÁNEO DE LAS MONJAS AGUSTINAS
Los subterráneos de la Quintrala y del templo de San Agustín son leyendas subterráneas que tocan a la tradición de estos sacerdotes y monjas agustinas en pleno Centro de Santiago, como acabamos de mostrar.
A mayor abundamiento, el Convento de las monjas de la Orden de San Agustín ocupaba desde el siglo XVI una gran manzana en el sector que hoy corresponde a un cuadrante más o menos entre las calles Ahumada, Bandera, Agustinas y Alameda. Como lo serían tambien los monjes de esta orden en el templo y monasterio de Agustinas con Estado, fueron de gran importancia en la ciudad y dieron su nombre a la calle que ahora las recuerda allí, pasando justo al costado del convento.
Superadas algunas dificultades y controversias con las jefaturas militares durante las Guerras de Independencia por usos de sus propiedades de la orden agustina en Santiago, en 1850 y 1852 las monjas vendieron parte del terreno para que se pudiese conectar la entonces llamada calle del Chirimoyo con la actual calle Moneda, quedando convertida en una sola. También se enajenaron terrenos por lo que sería el convento de la iglesia grande. Progresivamente, las propiedades fueron desapareciendo al punto de quedar hoy en día sólo algunas muestras: la pequeña Iglesia vieja de calle Moneda, entre Bandera y Ahumada, como vestigio de esta enorme plaza religiosa que ocuparon las monjas.
En 1885, se inició la construcción de nuevas obras en ese sector de cuadras de Moneda y de Agustinas, justo donde se había abierto la vía de el Chirimoyo. Se estaba preparando la instalación de cimientos, cuando allí mismo se habría descubierto un pasadizo secreto que conectó alguna vez el Convento con la segunda casa que adquirieron tras la venta de los terrenos, treinta y tantos años antes, muy probablemente para no romper así la estrictez del régimen de claustro en el que vivían. Ambos terrenos separados por la apertura de calle, entonces, estaban unidos por debajo de esta misma. Salvo por Sady Zañrtu, no existen buenas fuentes detallando este acontecimiento, si realmente existió como se lo relata, pero en algunas reseñas incluso esto es relacionado con el descrito hallazgo las galerías en calle Agustinas con Estado y tras supuestas en calle Moneda.
Como sea, la destrucción de estas galerías en favor del progreso acrecentó su misterio. Y ha sido inevitable: la leyenda de las agustinas ha hecho explotar otra vez el imaginario capitalino y las historias de túneles con secretos perdidos hirvió en la sociedad, restaurando la leyenda de los subterráneos coloniales con usos religiosos.
Portadas de las primeras ediciones del libro de Ramón Pacheco.
OTRO HALLAZGO EN CALLE ESMERALDA
Hacia 1950, comenzaron a realizarse importantes obras en el sector de calle Esmeralda, otrora foco pecaminoso y ****** del centro de la capital chilena. Este lado del borde del Mapocho ha alimentado varias leyendas más, pero aquí se habría tratado de un hallazgo concreto.
En plenas faenas, los trabajadores dieron accidentalmente con un complejo de bodegas arqueadas y pasillos a los que volvió entrar la luz tras siglos de oscuridad y silencio, interrumpidas gracias a las excavaciones y que atrajeron la atención pública, restaurando otra vez la leyenda de los pasadizos perdidos de Santiago. Según la poca información que existe, tenían aspecto de cavas vineras o almacenes abovedados de relativo tamaño.
Lamentablemente, en la época no existían los escrúpulos conservacionistas de nuestros días, y las cámaras coloniales, luego de una fugaz inspección y cobertura en los medios, fueron rápidamente tapadas y rellenadas para no retrasar los proyectos. Se las tomó más por cuento y exageración que por algo auténticamente histórico. Incluso Edwards Bello corrió a su tribuna periodística, en noviembre de 1951, a ridiculizar a todos aquellos que pretendían ver en este hallazgo alguna revitalización del mito de los subterráneos, arremetiendo contra Ramón Pacheco por fomentar la leyenda con su citado libro. Alegaba Edwards Bello -con cierta razón, sin duda- que el mero descubrimiento de humildes bodegas vineras “es en extremo decepcionante” para los creyentes del mito.
De acuerdo a los críticos, entonces, los anegamientos y la falta de buen suelo harían poco probable la existencia de estos supuestos sitios subterráneos en Santiago, salvo los casos de sótanos o bodegas más bien pequeñas que se han conocido, como habría sido el de Esmeralda.
Si acaso estos descubrimientos eran o no parte de la red legendaria de galerías atribuidas los jesuitas coloniales, sólo lo saben hoy las hormigas y las lombrices.
El descubrimiento y habilitación de cámaras mortuorias subterráneas donde se encontraban las criptas arzobispales y la tumba del Ministro Diego Portales en 2005, bajo el subsuelo de la Catedral de Santiago, también ha alentado la imaginación de los buscadores de los subterráneos perdidos de la capital.
EL MITO QUE NO MUERE
Hacia 1992, comenzaron trabajos de ampliación de una conocida universidad del barrio Brasil. Yo cursaba mi primer año en una de sus facultades, aquellos días. Pero el proyecto original se retrasó en más de medio año: los obreros dieron con cimientos coloniales que debieron remover para reemplazar por nuevas bases. Eso se dijo. Sin embargo, el rumor entre los estudiantes era que se había dado con una especie de túnel. Curioso: los plásticos tapando las obras casi hasta la cima de los andamios, que ordenaran colocar los contratistas, daban más fundamentos a la especulación. Coincidentemente, la construcción se elevaría a un costado de la imponente Basílica del Salvador.
Al vivir en el centro de Santiago uno se familiariza con esta clase de conjeturas y arranques de ingenio popular. Cada vez que una obra de envergadura se atrasa, se especula sobre alguna clase de “hallazgo” entre las faenas; algo misterioso, algo no admitido, que como en los casos de calle Agustinas y Esmeralda, acabó rellanado por escombros y camionadas de tierra. Y para peor, lo común es que todos los proyectos inmobiliarios de Santiago Centro se atrasen, así que la imaginación siempre está estimulada por el ambiente.
La constante aparición de restos históricos en las construcciones del Metro o de otras obras públicas alimenta más aún la creatividad del ciudadano aburrido. Los estacionamientos subterráneos junto al Cerro Santa Lucía y los actuales trabajos realizados en Agustinas con Tenderini, también han ofrecido sorpresas al respecto, en este caso con posibles subterráneos hechos por los miembros del colegio mercedario que alguna vez funcionó allí. Lo mismo se rumorea sobre un enorme sótano bajo el gimnasio del Instituto Nacional, que en realidad es una parte inconclusa del siglo XX. Galerías supuestamente similares se reportan bajo los subterráneos reales del Banco de Chile en Ahumada, la Biblioteca Nacional y en el subsuelo del Edificio Portal Fernández Concha; y la leyenda une por el subsuelo, además, la Iglesia de los Dominicos de Santiago Centro con la de Las Condes, además otros puntos de la ciudad donde se encontraba la orden. De hecho, los hallazgos ciertos se encuentran incluso fuera del radio central de la ciudad: han aparecido bóvedas subterráneas muy reales bajo la Estación de Buin (1968) y en una obra de la comuna de San Miguel (2005), por ejemplo.
Por el año 2006, sin embargo, la leyenda volvió a cobrar especial vitalidad cuando se hizo pública la aparición de una red de cavas subterráneas en el sector de Lira casi esquina Alameda Bernardo O’Higgins, halladas unos meses antes en plenas faenas de construcción de un edificio de la Universidad Católica de Chile. Se especuló entonces y en medio de una polémica que, de no haber sido porque alguien logró captar fotografías furtivamente desde un edificio al frente del lugar de los trabajos, quizás jamás nos habríamos enterado de este sorprendente hallazgo, que acabó siendo retirado rápidamente de su sitio y estuvo expuesto en el Centro de Extensión de la misma casa universitaria.
Las galerías mortuorias de estilo catacumbas romanas bajo la avenida Argentina de Valparaíso, recién fueron halladas en 1996. Algo parecido ha sucedido en Arica, y poblados como San Lorenzo de Tarapacá. Los enormes subterráneos jesuitas de ciudad de México, Córdoba y de Buenos Aires eran también una leyenda hasta que comenzaron a aparecer a la luz: hoy los recorren cientos de turistas anualmente, provenientes de todo el mundo, pese a no existir una explicación exacta de cuál era su objetivo o para qué fueron tan cuidadosamente mantenidos.
Acá en Santiago, sin embargo, sólo tenemos referencias ambiguas, imprecisas, sobre su supuesta presencia: en los terrenos de la ex Cárcel Pública, bajo lo que fue alguna vez la Plaza de San Pablo, en la iglesia y convento de San Francisco, conectando edificios de la Plaza de Armas, o bajo los dos templos carmelitas en la entrada de calle Independencia, por nombrar algunos.
Quizás –sólo quizás- existan esa misma clase de galerías subterráneas bajo la hiperquinética ciudad de Santiago de la Nueva Extremadura, esperando su hora para pasar desde la fantasía hasta la historia.


Ver más fotografías y muy interesantes comentarios en:
https://urbatorium.blogspot.mx/2008/08/el-misterio-de-los-subterraneos.html

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