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RELATOS DE TESOROS: LAS PALMAS DEL TESORO

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RELATOS DE TESOROS: LAS PALMAS DEL TESORO

Mensaje por huntertreasure el Dom 27 Dic 2015, 7:34 pm

COMPAÑEROS DEL FORO LES COMPARTO ESTE RELATO DE VERACRUZA QUE ENCONTRE EN INTERNET, ESPERO SEA DE SU AGRADO.
LAS PALMAS DEL TESORO

La conquista y establecimiento de la Colonia, trajo no solo consigo riquezas y poder, sino también muerte y sobresaltos para los conquistadores, y despertó la codicia de piratas y aventureros que llegaron a las costas mexicanas causando grandes depredaciones; allá por el siglo XVII ocurrió este suceso en que se amalgaman la codicia y el misterio, lo sobrenatural y lo espantoso…
Una tarde de aquel siglo, apareció frente a las costas veracruzanas un barco pirata que, a juzgar por su aspecto, había sufrido uno de los desastres marinos propios del Golfo de México, o bien, trabado fiero combate del que saliera mal librado. ¿De quién era ese barco con la espantable insignia pirata? ¿Del mulato, de Lorencillo, o del sanguinario Morgan? Nadie los sabe, solo que amparado en las sombras de la tarde, un fiero pirata abandonó la nave, alejándose a golpe rápido de remo.
 A una distancia prudente, vuelve los ojos inyectados de odio, gritándoles a la tripulación que todos morirían y echándoles de maldiciones; de pronto se escucha un estruendo espantoso, y la nave pirata vuela en mil pedazos, y mientras arde el barco, y muere destrozada o achicharrada la tripulación, el fiero pirata escapa en una lancha mientras abre el cofre que lleva a bordo, y se regocija contemplando su contenido, pero un trozo ardiente de mástil que ha volado debido a la explosión, tuvo el mal tino de caer justo encima del pirata, el cuál lucha con desesperación en vano, por quitarse aquella brasa. Al fin logra quitarse y arrojar al mar el trozo de madera ardiente, pero queda mal herido. Los últimos resplandores rojos del  cielo alumbran confusamente el bote, al pirata y…. ¡al tesoro! Las horas pasan y el oleaje arroja hasta la playa veracruzana la embarcación y su cargamento.
Cerca de la media noche el pirata herido, vacilante se acerca a una casucha de pescadores, está dispuesto a conseguir auxilio por las buenas o por las malas, toca la puerta y acto seguido salen dos hombres: Adrián, Fernández y Marcos Iturralde, que abren tímidos la puerta, son humildes pescadores españoles. El pirata les ordena a gritos que lo curen, pero antes de que pudieran sostenerlo, el recién llegado pega un grito y muere; los pescadores se asustaron porque creían que los tripulantes que venían con el desconocido andarían en algún lugar cercano, se quedaron mudos mirando el cadáver del fiero pirata, allí en la choza. Después de un rato, Adrián reacciona y le dice a su compañero que lo ayude a llevarlo a la playa, y a la claridad nocturna y tropical, los dos pescadores sacan al pirata.
De pronto Marcos  y Adrián descubren el bote del pirata, se acercan para inspeccionar su única carga que era un cofre, y cuál no fue su sorpresa cuando al abrirlo encontraron un fabuloso tesoro de oro y joyas de incalculable valor, todo parecía un sueño o una fantasía. Cuando ambos pescadores parecen repuestos de la impresión, Adrián propone primer que nada, enterrar al muerto lo más lejos posible y buscar un sitio adecuado para ocultar el cofre. Adrián y Marcos se alejan por el mar llevando aquel tesoro y salen de la ensenada, al llegar, con grandes trabajos proceden a sacar el pesado cofre del bote y lo llevan hacia la selva.
Exploraron, hasta encontrar un lugar adecuado para esconder el tesoro, el cuál fue al pie de unas palmas que formaban una figura inconfundible, los dos pescadores excavan para enterrar el cofre con su fabuloso contenido, pasaron varias horas haciendo su labor, hasta que de manera inevitable los sorprenden los primeros rayos del sol. Adrián no quería compartir el tesoro con su compañero, para lo que encontró una solución rápida y fácil: darle muerte, y en forma artera y cruel golpea con furia la cabeza de Marcos; acto seguido Adrián Fernández cubre el cadáver ensangrentado.
Concluida su criminal obra, se aleja grabándose bien la señal de las dos palmeras que señalaban el tesoro, se dispone a remar hacia las rocas, sobre las cuáles ha de abandonar el bote para que la furia del mar lo destruyera, pero de pronto navío y ocupante son arrastrados por una súbita e incontrolable corriente marina, y por breves minutos la embarcación es juguete del oleaje hasta que el mar lo azota contra los riscos haciéndolo astillas, y el cadáver del codicioso Adrián queda desarticulado grotescamente y colocado sobre uno de los riscos.
Pasa el tiempo, y el cuerpo es devorado por las fieras, su casucha, así como sus botes y redes, van siendo destruidos por el abandono. Nadie sabe ellos, todos ignoran que sucedió a Marcos de Iturralde y a Adrián Fernández, pescadores venidos de Mallorca, hasta que una noche, cuatro pescadores que se han alejado más allá de la ensenada ya cerca de los riscos, escuchan por primera vez un lamento que les sobrecoge de pavor, y después ven algo que los paraliza de miedo: ¡un espectro en las escolleras!, y casi al mismo tiempo se deja escuchar un grito que hiela la sangre, procedente de la selva. Durante de una larga distancia, todavía parece resonar en sus oídos ese grito escalofriante, repetido por el mar y por la noche. Los cuatro pescadores avezados al mar y sus peligros, se alejan de allí, temerosos de lo desconocido y sobrenatural.
A partir de entonces fueron tantas y frecuentes las escalofriantes apariciones y los lamentos que llegaban de la selva, que los pescadores aprovecharon la llegada del padre Francisco de Salinas, para hacerle un relato de los hechos, el religioso les sugirió que alguien fuera a preguntarles en nombre de Dios a aquellas almas en pena, que era lo que los tenía vagando en este mundo, pero como no hubo valiente alguna que se atreviese, entonces había que esperar que un día llegara alguien predestinado para  ayudar a reunir a las ánimas en pena. ¿Quién sería?
Sucedió que un día apareció por aquella aldea de pescadores un pobre hombre barbado y sucio, en cuyo rostro demacrado se notaba el hambre y la fatiga, caminó durante un rato más, hasta que encontró a una buena persona que le abrió las puertas de su humilde morada, el viajero descansó en la casa del pescador, gracias al cual sació su hambre y sed, poco después el invitado y el anfitrión charlaban amigablemente, en donde el primero le contó que había sido poseedor de una gran fortuna, y de un día para otro quedó en la calle. ¿Quién era ese hombre? ¿Mendigo del camino o prófugo de la justicia? Nada de eso, su historia aparece consignada en las consejas de la Colonia.
Este mendigo era nada menos que don Jerónimo de la Peña y Lucientes, caballero de la orden Calatrava, que estuvo a punto de ser el primer ganadero de la Nueva España, pero no sucedió así, porque días más tarde le llegaba al caballero una fatal noticia: el barco que traía parte de su fortuna había naufragado; pero no se dejó doblegar y días después ya se encontraba haciendo tratos con unos hacendados, a través del capataz, pero éste no iba a mover un dedo hasta que le fuera pagada la cantidad que oro que quería, y para esto el caballero de la orden de Calatrava tenía que llevar la preciada carga hasta Tlaltenango. Antes de que transcurriera más tiempo, empaco todo y se fue rumbo a aquel lugar, pero para su mala suerte, poco antes del amanecer, el carruaje de don Jerónimo fue asaltado y robado del oro por cuatro sujetos que, según se dijo, estaba en complicidad con el capataz. Los salteadores mataron al cochero y dejaron por muerto a don Jerónimo, quien fue encontrado horas después por una escolta de caballería, lo recogieron y lo llevaron hasta su casa, donde fue atendido por un médico que manifestaba su confianza en que ha de curarse.
Convaleciente aún, don Jerónimo se dio cuenta con tristeza que lo había perdido todo muy pronto, sin embargo se mantenía optimista para salir de ésta mala racha y recuperar su fortuna, y para eso quiso buscar apoyo moral y amor en su esposa Constanza, decido entonces ir hasta su alcoba. Sus ojos afanosos no hallaban a su mujer, pero si descubren una carta, la lee y su contenido le llena de odio y de dolor, pues ésta decía que se había marchado con su amante el capitán de Gálvez.
A una desdicha se eslabonaba otra, pues poco tiempo después don Jerónimo recibía la visita del dueño de la casa que habitaba por calle de Balvaneras para exigirle el pago de la renta, pero como ya tenía ni en que caerse muerto, al día siguiente salió pobre, sin fortuna y sin honor.
Se dio a vagar primero por las calles de la capital de la Nueva España, pregonando su infortunio y su mala suerte, decide recurrir ante prestamistas y usureros, pero todo en vano, y para colmo de sus  males y ruina económica, recibe una gran golpe moral al toparse cierto día con la que fuera su esposa Constanza y el capitán de Gálvez, ni siquiera una tizona lleva para vengar la afrenta, y sin fijarse en aquel hombre a quien tomaron por pordiosero, siguen su camino haciéndose caricias y sonriendo.
Y como había dicho, si n fortuna y sin honor, decidió alejarse para siempre de la capital de la Nueva España, está cansado de pedir e implorar, su idea es la de llegar a Veracruz y de allí, de algún modo, embarcarse a España en donde podrá rehacer su vida. Este es el hombre que duerme y descansa bajo la sombra amistosa del pescador. Despierta a la mañana siguiente, pero antes de emprender sus pasos a Veracruz, el pescador y su esposa le advierten que tenga cuidado con los espectros que llenan de pavura a la gente.
El viajero echa a andar de nuevo, ahora lleva agua y algo de comer para su larga caminata hasta el puerto de la Villa Rica de la Vera Cruz, y de pronto se detiene, la selva se ha quedad en total silencio, el menor viento no agita la espesura, como para hacer marco a un grito espantoso que de súbito escucha. Tensos los nervios, pero sin sentir pavor, el viajero al buscar el sitio de donde escapaba el grito espeluznante, descubre a un impresionante espectro, y decidido se le acerca pidiéndole en nombre de Dios le dijera el motivo por el que penaba y lloraba; el fantasma habla a través de la horrible oquedad de lo que fue su boca y le explica que el motivo está enterrado bajo sus pies y la causa de su penar es por el cuerpo de amigo que se encuentra lejos de él, después el caballero le pregunta que debe hacer para que al fin descanse en paz. ¿Qué será?
Siguiendo las instrucciones que con voz cavernosa le dio el fantasma, don Jerónimo se oculta esa noche en los escollos, no tiene que esperar mucho, pues a la medianoche se deja escuchar aquel lamento espeluznante, y muy cerca de él se hace visible aquel esqueleto fosforescente, que fuera motivo de terror por parte de los pescadores. Venciendo su temor y cumpliendo con la palabra dada al otro espectro, le abraza y le sujeta, y sin pérdida de tiempo le carga  y le conduce por la playa hasta la selva; cumplida la parte del trato que le correspondía a don Jerónimo, vuelve a salir aquella voz hueca de la boca descarnada y le dice que cuando salga el sol, las palmas proyectarían sobre el suelo una sombra en forma de cruz, ahí debía escarbar para encontrar los restos del espectro y debajo un cofre con el fabuloso tesoro, que sería ¡todito para él!. La condición final era que los despojos mortales de ambos difuntos, reposaran en el mismo foso.
El espectro desaparece en la negrura, solo queda ahí el esqueleto casi destruido por el tiempo, y en efecto, cuando llegó el amanecer las dos palmeras cruzadas marcan el sitio del tesoro y don Jerónimo excava valido de improvisados instrumentos, y como le había dicho el fantasma la noche anterior, descubre un esqueleto y después más abajo el tesoro. Poco a poco, pero grandemente emocionado, el hombre traslada aquel fantástico tesoro hasta otro sitio en lo más denso de la selva, y después coloca juntos conforme a los deseos del espectro, los dos esqueletos que hasta entonces penaba separados, al fin descansaban en paz Marcos y Adrián.
Don Jerónimo regresó a la aldea y tras platicar al pescador su notable hallazgo, lo gratificó con largueza. Los pescadores estaban felices, pues de tal manera sabían que tocaba a su fin las espeluznantes apariciones y además, buenas monedas de oro dio a cada uno. Escoltado por los pescadores don Jerónimo llegó a la Villa Rica de la Vera Cruz, en donde compró un carruaje, su tiro de caballos y rica ropa, se despidió de todos y emprendió en camino de regresó a la cuidad.
Días más tarde nuevamente rico y poderoso, llegaba a la capital de la Nueva España, pero ahora bien cambiado, venía con una larga barba, las sienes plateadas por las humillaciones y sufrimientos, pero lucía aún más apuesto; y pasado un tiempo la afrenta a su honor lavó, al humillar a quien fuera su esposa y que un día cuando la fortuna le fuera adversa, lo abandonó.
 

Y así terminó la leyenda que el vulgo conoció como “Las Palmas del Tesoro”. Pero aún queda algo, según varios veracruzanos en aquella selva quedaron muchas monedas de oro y joyas, que don Jerónimo no alcanzó a transportar, y según las investigaciones hechas por varios historiadores, el sitio se localiza cerca de lo que hoy es Tecolutla. ¿Quieren ustedes ir a buscarlas? ¿O temen encontrarse con los fantasmas?
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