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El Tapesco del Diablo, la historia de un hallazgo.

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El Tapesco del Diablo, la historia de un hallazgo.

Mensaje por Pedro Cantú el Mar 20 Ene 2009, 11:20 am

El Tapesco del Diablo, la historia de un hallazgo (Chiapas)

Texto: Philippe Casoli

Desde la llegada de nuestra expedición espeleológica al estado de Chipas, muchas personas nos habían platicado de una cueva ubicada en el cañón del río de la Venta, en el municipio de Ocozocuautla. Nos la describieron y nos dijeron que la entrada estaba a la mitad de un acantilado 300 m de altura, y nos comentaron que nadie había entrado antes. Pero lo más extraño que nos informaron era que esta entrada estaba cerrada por una “puerta horizontal” de palos, misma que le dio el nombre de “Tapesco del Diablo” a la cueva.

Intrigados fuimos al cañón de la Venta para cerciorarnos. No sabíamos si podríamos entrar a la cueva por arriba, bajando con cuerdas, o por abajo desde el río, pero después de un día de caminata descubrimos y develamos el misterio de Tapesco.

La descripción que nos habían hecho era bastante real; la entrada estaba 50 m arriba del río y no nos pareció natural, pues los palos que la componían estaban trenzados y no parecían estar al azar. Después de discutir qué haríamos, fuimos a explorar algunas cavidades que están abajo del Tapesco del Diablo para ver si podíamos hallar una posible comunicación con esta cueva, pero no hallamos ninguna, y como no teníamos el equipo necesario para hacer una escalada o intentar un descenso (el cual sería imposible porque el acantilado tiene una pendiente en contra que nos impediría lograr nuestro objetivo), decidimos dejar el lugar con el firme propósito de regresar lo más pronto posible equipados con lo necesario para subir hasta la entrada. Unos días más tarde estábamos nuevamente allí para comenzar la escalada.

Para subir la pared, que era de roca frágil en la superficie pero sin fisuras adecuadas, Jerome Thirion y yo clavamos taquetes metálicos más o menos cada 80 cm (a mano pues no teníamos rotomartillo especial), para sostener las argollas en las que van los mosquetones. Después de tres días de trabajo intensivo, nos dimos cuenta de que la cuerda era demasiado corta y gastada, y además la comida se había terminado, por lo cual tuvimos que desistir a pocos metros de nuestro objetivo e intentarlo después.

Como no pudimos llegar en este segundo intento, nos sentíamos frustrados y queríamos regresar lo antes posible para terminar la ascensión, así que nos días más tarde estábamos otra vez en el cañón con un amigo espeleólogo mexicano (Ricardo Álvarez Hernández), pues su presencia facilitaría la labor. Habíamos dejado una cordeleta amarrada a los mosquetones que estaban en la pared y, una vez que la cambiamos por una cuerda, pudimos continuar nuestra ascensión. Después de algunas horas de esfuerzo logramos llegar al Tapesco. Era el mediodía del 28 de marzo de 1993; habíamos clavado 35 “spits” para lograr el ascenso de 50 m con el resto de una caída mortal, y como para subir hasta allí habíamos trabajado en equipo, nos esperamos para entrar juntos a la cueva. Cómo expresar nuestra felicidad de otra manera que no sea narrando cada momento de nuestro descubrimiento.

“El tapesco tiene unos 5 m de largo y lo pasamos con mucha precaución pensando que la madera se puede deshacer, pero nos damos cuenta de que los palos son muy resistentes. Entramos en la cueva, algunos murciélagos se molestan por la luz de las lámparas y salen. Aquí todo es muy seco y el suelo es de polvo, pero el aire de la cueva es un poco más fresco que afuera... ¡es muy confortable!”

“Cerca del tapesco de madera vemos una olla quebrada y un cráneo humano que tiene el aspecto característico de los cráneos mayas. ¡La emoción es muy fuerte! Desde donde estamos podemos ver la luz del día llegar por un conducto estrecho a 10 m de nosotros, lo cual significa que la cueva tiene otra entrada. Nos vamos por este conducto y encontramos partes de otro cráneo humano.”

“Súbitamente nos quedamos en silencio. Nos parece estar ante algo mágico. Vemos un salón de aproximadamente 30 m2en el que hay muchas ollas grandes dispersas en el piso, platos, varios tipos de recipientes y huesos humanos, sobre todo cráneos. El piso está tapizado por semillas de jocote llevadas por los murciélagos. Una vez en el salón, a nuestra derecha vemos la entrada que ilumina esta parte de la cueva. Es una galería bastante baja y de aproximadamente 6 m que va hasta el acantilado. La conexión de ésta con el salón ha sido parcialmente tapada con un muro de piedras, pero en su parte superior hay tres piedras paradas que forman una especie de ventana. Este acceso al exterior está también lleno de vasijas y de metates con sus manos. La abertura en el acantilado está en parte cerrada por dos muros que forman una puerta, hechos de lodo, piedras y de una armadura de madera que puede apreciarse en las partes que no están cubiertas por el lodo.”

“En el salón principal hay una tumba con tres piedras planas encima. Una persona está enterrada aquí en la posición ritual de los mayas (posición fetal con las rodillas hacia el cielo). Sobre esta tumba hay una hacha de madera con una piedra filosa incrustada en el mango, y también ofrendas de varios tipos de semillas rodeando el cuerpo”.

“Al frente de la tumba la cueva sigue como un túnel ancho y oscuro que requiere lámparas para alumbrarlo, y donde se logran entrever otras ollas. Pero la sorpresa no acaba aquí, y vamos a descubrir muchas otras cosas. Avanzamos muy despacio por este túnel y cada paso nos topamos con nuevas piezas de cerámica, casi todas enteras.

Nos quedamos varios minutos frente a cada una de ellas; estamos tan maravillados que nos sentimos como si estuviéramos viajando en el tiempo, ya que además de la finalidad espeleológica, técnica o deportiva de la ascensión al Tapesco del Diablo, el hallazgo fue nuestra recompensa, inesperada pero deseada en secreto”.

“Avanzamos más y encontramos un incensario de barrio; una parte de su mango tiene una carga humana grabada y el resto está grabado con plumas, ¡es hermosísimo! Alineadas a las paredes de la cueva encontramos muchas ollas, una tiene más de un metro de alto. Conforme avanzamos los objetos son menos frecuentes y la cueva se termina; su longitud total es de 115 metros.”

“Regresamos hasta la segunda entrada, que tiene muros de bajereque, y clavamos los dos últimos ‘spits’ del día para equiparla, ya que por ahí el acceso será mucho más fácil para los que nos acompañan.”

“Cuando bajamos vemos un palo en una fisura de la pared; es todo lo que se ha conservado de la escalera de madera que habían usado los mayas para subir hasta la cueva.”

“Más tarde, al nivel de la olla grande, cerca del final, descubrimos una cueva pequeña cuya entrada estaba tapada con piedras planas. En este lugar de unos 5 m2encontramos las piezas más hermosas; hay tres recipientes de ónix muy bellos de 40 cm de alto, son cónicos con un pie tallado en bisel y parecen hechos con máquina, aunque los prehispánicos no conocieron el torno. Hay también dos vasos esféricos de alabastro, cada uno con tres pies tallados, otras vasijas y varias piezas pequeñas como una navajilla de obsidiana, un pectoral representando un jaguar tallado en un hueso plano y un arete de concha. Pero lo más emocionante de nuestro hallazgo es una vasija que tiene dibujados a dos mayas en una lancha, un joven y un viejo aunque desafortunadamente una parte del trabajo se ha borrado...”

Llenos de felicidad regresamos a Tuxtla Gutiérrez para dar aviso de nuestro descubrimiento a las autoridades; la idea de un sitio arqueológico nunca saqueado les hace soñar. Aunque estaba en la ciudad de México, pudimos contactar a Carlos Silva, director del Centro Regional del Instituto Nacional de Antropología e Historia (inah), quien regresó especialmente para que le enseñáramos la cueva.

A pesar de las dificultades de acceso, Carlos se maravilló frente a las piezas, las reconoció como del periodo Clásico tardío (700-900 d.C.) y decidió efectuar un rescate en el que Jérome y yo lo ayudaríamos.

Un tiempo después regresamos al río con un equipo de arqueólogos y restauradores procedentes de la ciudad de México, y les ayudamos durante unos 10 días pues el ascenso y descenso era difícil. Para bajar las piezas con mayor seguridad, diseñamos e instalamos una grúa. Todas fueron inventariadas y sacadas de la cueva. En total había más de 200, de todos los tipos y tamaños, y casi todas intactas y completas.

Además de sacar las piezas, los arqueólogos excavaron la tumba y encontraron los restos de un adulto y de un niño, numerosas ofrendas de semillas, un petate, canastas, fragmentos de cordeles, una suela de ixtle —que aún conservaba la tierra que pisó quien la usara—, una canasta fúnebre con semillas de cacao, así como tres pectorales: uno de hueso y dos de madera, que representan cabezas. Asimismo el hacha que estaba sobre la tumba presenta características muy particulares pues, según se sabe, es la única de su tipo en Latinoamérica. Todas estas piezas fueron trasladadas en helicóptero hasta el Museo de Antropología de Tuxtla Gutiérrez, en donde se exhibieron en una exposición temporal que no pudimos apreciar porque tuvimos que regresar a Francia.

Desde este descubrimiento y esta aventura, nuestra vida ha cambiado totalmente. El hallazgo del “Tapesco del Diablo” fue tan importante para nosotros que en realidad no es fácil escribir toda la emoción que sentimos durante esos días.

Nuestro aprecio por el bello estado de Chiapas y los amigos que allí tenemos; ellos nos han hecho regresar a este sitio del cual nos sentimos parte.

Fuente: México desconocido No. 216 / febrero 1995

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Pedro Cantú
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